Flora

La ubicación de Dueñas y su término municipal, con una extensión superior a las 13.000 Has., límite de la Tierra de Campos y la comarca del Cerrato, con estribaciones de una gran meseta terciaria y regado por caudales fluviales importantes, permiten tener variedad de espacios verdes y paisajes naturales distintos.

El paisaje dominante es el tomado por páramos, cerros u oteros con altitud no superior a los 870 metros (Pico Castro es el cerro más alto con 861 metros), y valles.

Al igual que el resto de la Meseta la geología de Dueñas está constituida por gruesas capas de sedimentos calizos, arcillosos y yesíferos.

Las riberas de los ríos Carrión y Pisuerga constituyen una masa arbórea formada en su mayoría por elementos de salináceos, sauces, chopos y alisos. Hasta hace unos años se disfrutaba de numerosos rodales de olmos que la grafiosis destruyó.

Son frecuentes arbustos propios del bosque de ribera, típicos de zonas húmedas como el majuelo, escaramujo, zarzamora, plateada y tamaris. Hierbas propias de estos lugares son la hiedra, la ortiga, la madreselva, el cardo, el lirio, la espadaña, el carrizo y los juncos.

Tiene Dueñas una importante muestra del monte mediterráneo (1.500 Has.) situado en el Monte de La Villa, que corresponde geográficamente a las estribaciones de los Montes Torozos. Los árboles dominantes en el monte son el quejigo (denominado popularmente roble), y la encina. Los arbustos que abundan en el Monte son la jara, la madreselva, el espino de tintes, el majuelo, la rosa silvestre, la retama olorosa y el tojo.

Mientras que los elementos herbáceos dominantes son el espliego, el tomillo, el chupamieles, la manzanilla basta o común, el cardillo, el lino blanco y la cola de lobo.

Desde los años 60 se efectúan repoblaciones en laderas que circundan los páramos del término municipal al objeto de aprovechar la improductividad de estos terrenos, así se puede disfrutar de rodales con pinos carrasco y pinos piñoneros.

En laderas y eriales es frecuente encontrar arbustos como aulagas y tojos, y herbáceos como astrágalos, gatuñas, salvias, tomillo picante, espinar de calvero, romero, ojo silvestre, linos, hierba piojera, hisopos y hierba tora, todos ellos propios de terrenos calcáreos y de gran aridez.

Fauna

Son las estaciones los tiempos que marcan la actividad de la fauna. En los cortos días de invierno, en los que se alternan aguaceros irregulares con interminables jornadas envueltas en una niebla densa y helada, la vida de los animales del monte, el páramo y las tierras de labor se vuelve difícil y parece paralizarse. La temporada de caza habrá hecho mella en las poblaciones de conejo, liebre y perdiz, que ya sólo han de preocuparse de otros hábiles cazadores como el zorro. La espesura del encinar da refugio a los jabalíes y en los últimos tiempos también a un temido superdepredador; el lobo, que ha pasado de ser un visitante ocasional o de paso a tener presencia casi permanente.

En la ribera del Carrión y sobre todo del Pisuerga se habrán multiplicado las garzas reales con la llegada de ejemplares de norte de Europa que buscan nuestro invierno más suave. Por la Torrecilla pesca también algún cormorán que suele cambiar en estas fechas el agua salada de las costas por nuestros tranquilos sotos fluviales. Les acompañan bandadas de patos y pollas de agua, muchos de los cuales emprenderán el camino del norte con el buen tiempo.

Pequeños grupos de aves esteparias, como las cogujadas, las calandrias y las alondras se desplazan constantemente por las sementeras. También se deja ver alguna avutarda despistada de tierra de campos y algún aguilucho pálido. desde la altura, el halcón peregrino observa las bandadas de torcaces, bravías y zuritas esperando su oportunidad. Más comunes los sisones.

En el pueblo alegran el paseo los bandos de tórtola turca que salen del cercado. Apenas se oye a los gorriones, algún estornino y lavanderas blancas de las que llaman “aguanieves”. La vida se reduce a una paciente espera que a veces tiene su recompensa en una mañana soleada y tibia. con la caída del sol, vuelven los hielos.

Fueron las aves y los santos los que marcaban los momentos de la vida del pueblo. Así “por San Blas (3 de febrero) la cigüeña verás” y “San Raimundo (16 de marzo) trae las golondrinas del otro mundo”. Ambos marcan el final del invierno y la llegada de la primavera se anuncia en la ribera con el canto del cuco y los colores de abejaruco que tiene colonias en los taludes y cortados de los meandros que el Pisuerga forma a la altura de Dueñas y Tariego. En los sembrados, a finales de marzo se escucha a la codorniz y en monte se llena de abubillos.

En las noches tibias de mediados de abril se ve llegar furtivamente a sus nidos a los martinetes en la ribera de Onecha. Es esta colonia por su rareza (apenas existen otras dos en toda la región) la joya ornitológica de la comarca, objeto de curiosidad y estudio. La frecuentan unos 200 ejemplares que permanecen en los nidos por el día y salen a pescar durante la noche, de ahí el nombre científico de esta pequeña garza: “Nycticorax Nycticorax”, “cuervo de la noche”. Por desgracia las medidas de protección del lugar se limitan a la instalación de carteles prohibiendo el acceso al área de cría de eta especie protegida, sin tener en cuenta el resto del entorno.

Y es que son nuestros ríos un hervidero de vida a partir de esta época. Atraen a los pescadores de carpas, barbos y tencas, y alguna trucha despistada que arrastra la crecida de la primavera hasta lugares que sólo el experto sabe y no dice. También es apreciado el cangrejo, en su versión voraz actual, que el autóctono se extinguió hace tiempo de nuestros arroyos. En el canal de Castilla se sacan buenos lucios. En estas cuencas no hace mucho hubo poblaciones de nutrias y tejones, y aún quedan abundantes anfibios.

Todo el verano, al pasear por los bosques galería que circundan el agua, se puede ver pescar a los milanos (real y negro), las maniobras acrobáticas del gavilán, la juerga del ruiseñor bastardo, el carbonero -o chichipán-, herrerillo, petirrojo o el baile travieso del chochín o de la escurridiza oropéndola.

En el pueblo explotan al cielo urbano la golondrina, el avión común y el vencejo en busca de las nubes de insectos que constituyen su plancton aéreo (cada uno a una altura diferente para repartirse la pitanza). El colirrojo tizón cría en los corrales abandonados. comparten la Iglesia de San Agustín el cernícalo primilla y las palomas.

Por los páramos, montes y trigales, la gran cantidad de invertebrados son aprovechados por roedores, topillos y pequeñas aves, que atraen depredadores como el aguilucho cenizo, el ratonero y el cernícalo vulgar. entre las piedras y alrededor de las fuentes sobreviven del calor, por ejemplo, el lagarto ocelado, la culebra bastarda o los erizos.

Con la noche, el mochuelo otea las presas desde sus posaderos, o busca el calor del asfalto en las carreteras poco transitadas. Las lechuzas salen como fantasmas blancos de los desvanes de las casas viejas o de las torres de las dos iglesias, silenciosas al volar pero emitiendo los escalofriantes gritos guturales que les dan ese halo de misterio y mal agüero.

Durante el verano todos los seres vivos despliegan una furiosa actividad para traer al mundo y alimentar a su prole. A finales de agosto el ciclo vital parece haberse cumplido, y los que vinieron con la primavera están listos para regresar a sus cuarteles de invierno más allá del Sahara africano. Los martinetes son los más madrugadores, casi siempre antes de fiestas. el resto les seguirá a lo largo de agosto y septiembre. en otoño se recortan sobre el cielo de dueñas las bandadas de grullas rumbo a las dehesas de Extremadura.

“Cuando la cigüeña añora, el invierno aflora” y con él, volverán desde el lejano norte otras especies que, como las avefrías, aprovechan los recursos de una tierra que debemos esforzarnos en conservar mejor.